Cada ida al campo es algo así como un viaje relámpago al pasado, para reencontrarme con algunas de esas sensaciones mágicas que con los años fui guardando celosamente en un rincón de mi alma.
En el campo hasta el reloj arrastra sus pasos y camina mas lento, y por momentos pareciera que sus agujas avanzaran hacia atrás, para hacer un alto en cada una de sus horas, como si fueran distintas estaciones en las que sensaciones únicas me trasportaran a algunos de los tantos pequeños momentos de mi vida en los que sin duda fui feliz.
Respirar ese aire cargado de oxígeno, que de tan puro pareciera que emborracha, me traslada a las tardes enteras en el jardín de la casita de Libertador, trepada a un pobre árbol desahuciado que ya en ese entonces no era capaz de albergar ni a un par de hojas moribundas.
La quietud de la media tarde me recuerda a las interminables horas de la siesta en la casa de mis abuelos, en las que parecía que el mundo contenía su respiración y todo quedaba inmóvil, excepto por aquella inconfundible melodía que salía del silbato del afinador anunciando su paso y que se podía escuchar desde la penumbra del cuartito del altillo.
El olor penetrante del eucaliptos y el ruido de sus hojas secas bajo mis sandalias me arrastran a los veranos enteros que pasábamos en la costa con toda la familia, cuando todavía desconocía el real significado de palabras como ‘dolor’, ‘sufrimiento’, ‘responsabilidad’, ‘obligaciones’, y en donde mi mayor preocupación giraba en torno a lo que fuera a comprarme con las moneditas que algún adulto generoso me pudiera regalar.
El canto chillón de las cotorras en la copa de los pinos, las salidas a caballo en el atardecer, el olor a pasto mojado.....
Son todos pequeños túneles hacia los innumerables momentos de la niñez que voy descubriendo maravillada cada vez que tengo la oportunidad de salir del caos agobiante de la ciudad y permito refugiarme y explorar en los recovecos de mi alma.
Como sucede cada vez que viajo, en esta última oportunidad el recuerdo del pasado tampoco tardó en dejarse ver.
La tarde ya había caído y el frío del otoño se hacía sentir cuando abrimos la puerta de entrada a la casa y descubrimos, con cálido asombro, que el hogar encendido nos estaba esperando.
Solo un intercambio de miradas con Isabela nos alcanzó para emprender un nuevo viaje....esta vez al sur argentino, a la casa del lago....
Pero esa es otra historia, para un capítulo aparte y sin duda, toda mi dedicación.....
En el campo hasta el reloj arrastra sus pasos y camina mas lento, y por momentos pareciera que sus agujas avanzaran hacia atrás, para hacer un alto en cada una de sus horas, como si fueran distintas estaciones en las que sensaciones únicas me trasportaran a algunos de los tantos pequeños momentos de mi vida en los que sin duda fui feliz.
Respirar ese aire cargado de oxígeno, que de tan puro pareciera que emborracha, me traslada a las tardes enteras en el jardín de la casita de Libertador, trepada a un pobre árbol desahuciado que ya en ese entonces no era capaz de albergar ni a un par de hojas moribundas.
La quietud de la media tarde me recuerda a las interminables horas de la siesta en la casa de mis abuelos, en las que parecía que el mundo contenía su respiración y todo quedaba inmóvil, excepto por aquella inconfundible melodía que salía del silbato del afinador anunciando su paso y que se podía escuchar desde la penumbra del cuartito del altillo.
El olor penetrante del eucaliptos y el ruido de sus hojas secas bajo mis sandalias me arrastran a los veranos enteros que pasábamos en la costa con toda la familia, cuando todavía desconocía el real significado de palabras como ‘dolor’, ‘sufrimiento’, ‘responsabilidad’, ‘obligaciones’, y en donde mi mayor preocupación giraba en torno a lo que fuera a comprarme con las moneditas que algún adulto generoso me pudiera regalar.
El canto chillón de las cotorras en la copa de los pinos, las salidas a caballo en el atardecer, el olor a pasto mojado.....
Son todos pequeños túneles hacia los innumerables momentos de la niñez que voy descubriendo maravillada cada vez que tengo la oportunidad de salir del caos agobiante de la ciudad y permito refugiarme y explorar en los recovecos de mi alma.
Como sucede cada vez que viajo, en esta última oportunidad el recuerdo del pasado tampoco tardó en dejarse ver.
La tarde ya había caído y el frío del otoño se hacía sentir cuando abrimos la puerta de entrada a la casa y descubrimos, con cálido asombro, que el hogar encendido nos estaba esperando.
Solo un intercambio de miradas con Isabela nos alcanzó para emprender un nuevo viaje....esta vez al sur argentino, a la casa del lago....
Pero esa es otra historia, para un capítulo aparte y sin duda, toda mi dedicación.....

5 comentarios:
Escribes muy bien, Ro. Gracias por compartirlo.
Ro, me gusta mucho mucho... seguilo haciendo.
Besos Caro
A mí también me gusta cómo escribes, Ro. Muy musical y relajante. Me he quedado con una sensación de paz tremenda!
XXX. Leni.
Me alegra mucho que les haya trasmitido algo (y sobretodo si es lindo!=)
Besos
Como siempre digo, no solo lo que escrbis es muy lindo, sino tambien el detalle de la foto para cada tema, muestra la pasion y el empeño que pones en cada uno de los distintos temas,,,,
Tu fan anonimo (ya sabes quien soy por los comentarios a altas horas de la noche,,,, y si no me sacaste aun... todo: "de corazon te lo digo")
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